El
14 de febrero del año 2001, el periódico El País publicaba en su
sección de Cataluña un artículo titulado "Bilingüísmo y lengua en
peligro de extinción", del biólogo Albert Bordons, profesor de la
Universitat Rovira i Virgili. El artículo empieza con la consideración
de las lenguas "como sistemas biológicos; no genéticos, evidentemente,
pero si biológicos culturales" para analizar, a continuación, el riesgo
de extinción de las lenguas minoritarias.
La lectura del
artículo sugiere que un enfoque multidisciplinar sobre el desarrollo de
las lenguas en la sociedad puede enriquecer el debate público existente
en nuestro país sobre la cuestión, y complementar los estudios
especializados en la materia. En este sentido, el pensamiento económico
puede aportar algunas reflexiones de interés, especialmente sobre dos
cuestiones centrales de dicho debate: por un lado, ¿cabe hablar de
riesgo de extinción de una lengua en el momento actual? y, en segundo
lugar, ¿está justificada una intervención de los poderes públicos a
favor de una lengua?
Para responder a la primera de las
cuestiones enunciadas hay que referirse, de entrada, a la lógica
económica que ha dominado tradicionalmente el desarrollo de las
economías industriales y, en particular, de las denominadas industrias
de la cultura (libro, prensa, cine, televisión, etc.). Según la lógica
de las economías de escala, un mayor volumen de producción favorece la
reducción del coste medio de los productos. Así, en el desarrollo de
dichas actividades, el tamaño de los mercados ha sido y es un factor
determinante de crecimiento: a mayor dimensión del mercado, mayores
posibilidades de generación de economías de escala. Así pues, las áreas
culturales más pobladas y con economías más avanzadas, han conseguido
una clara posición de liderazgo en estos sectores de actividad (un
claro ejemplo de ello es el dominio de la industria cinematográfica
norteamericana en Europa, ya que el mercado interior de los EE.UU. es
claramente superior al de los distintos países europeos).
Las
lenguas son, entre otros, un importante factor delimitador de la
dimensión de los mercados de las industrias culturales. En función del
tamaño de cada área cultural existen desiguales posibilidades de
rentabilidad económica de las inversiones privadas en estas
actividades. Así, por ejemplo, en estos últimos años, las empresas
editoriales de libros de Cataluña han obtenido (de promedio anual) unos
12 millones de PTA por título producido en castellano. En cambio, en el
caso de la edición en lengua catalana, estas mismas empresas han
conseguido un promedio inferior: 4,8 millones de PTA por título (debe
destacarse que se hace referencia a uno de los sectores culturales de
Cataluña con un mayor volumen de actividad en catalán).
De ello no
cabe concluir necesariamente que la edición en catalán no pueda ser
económicamente rentable, sino que existe un claro coste de oportunidad
de editar libros en lengua catalana, en relación con hacerlo (solamente
o también) en lengua castellana. Por lo tanto, en condiciones de libre
mercado, parece lógico que las inversiones privadas se decanten a favor
de la producción cultural y de conocimientos en la lengua "mayoritaria"
(razón que, en parte, explica la actual inexistencia de grandes cadenas
privadas de televisión generalista en lengua catalana).
En el
momento presente, cabe considerar también un nuevo factor en relación
con el tema objeto del presente artículo: el desarrollo de redes en las
economías más avanzadas. Mientras la vieja sociedad industrial estaba
dominada por la ya comentada lógica de las economías de escala, la
"nueva" sociedad de la información está impulsada, asimismo, por la
economía de redes. Este hecho lleva consigo profundas transformaciones
en las formas de funcionamiento de los mercados, que parecen incidir
directamente sobre el uso de las lenguas en el mundo.
Una de las
características fundamentales de las economías interconectadas (en
palabras de Carl Shapiro y Hal R. Varian, ambos profesores de la
Universidad de California - Berkeley y dos de los economistas que han
abordado con mayor brillantez el tema) es que "tanto si se trata de
redes reales como virtuales (…), el valor de conectarse a las mismas
depende de cuantas otras personas estén ya conectadas a ellas". Dicho
de otro modo, a mayor número de usuarios que consumen un mismo bien en
las economías de red, mayor es la utilidad que obtiene cada uno de
ellos (en este caso, se afirma, en términos económicos, que existen
externalidades de red positivas).
Existen muchos y diversos
tipos de red. Por un lado, hay las redes propiamente físicas como el
teléfono, el fax, Internet, etc. Pero también existen las redes
"virtuales" como los usuarios de un mismo software informático, o los
usuarios de una misma lengua (que es un componente clave del "software"
de comunicación). Un ejemplo que ilustra claramente la importancia de
los efectos de las economías de red es la rápida valorización económica
conseguida en los mercados por el software de Microsoft.
La
existencia de los efectos red tiene, entre otras, una consecuencia de
gran trascendencia: el impulso de un proceso de "estandarización" de
los distintos componentes que integran el sistema de productos (es
decir, la propia red). En este contexto, dos cuestiones caracterizan
específicamente el desarrollo de los procesos de estandarización. Por
un lado, se generan fácilmente situaciones de "anclaje" ("lock-in"), o
de captura de los mercados por parte de una determinada opción
tecnológica (léase también de una lengua), ya que el cambio de una
tecnología (y de una lengua) a otra es en general muy costoso para sus
usuarios. Por otro lado, la estandarización es un proceso que tiende a
fortalecer al más fuerte y, paralelamente, a debilitar al más débil.
"Hay un lado malo en esta fuerza económica": ante el deseo de los
consumidores por utilizar la tecnología que suponen que acabará
imponiéndose como estándar, el éxito engendra más éxito a favor de la
opción tecnológica "ganadora" (en términos económicos, esta situación
se da por la existencia de unos rendimientos crecientes de escala del
lado de la demanda).
En este escenario, puede afirmarse que el valor
de una lengua -considerada como un componente del software de las redes
de comunicación- se establecerá principalmente según la cantidad de
usuarios que ésta tenga (ya que de ello depende la utilidad que puedan
obtener las personas que la hablan, leen y escriben). Como consecuencia
de ello, puede apreciarse un proceso de expansión en el mundo de las
lenguas que están en mejor posición para convertirse en estándares de
comunicación a gran escala. El rápido aumento del aprendizaje y del uso
del inglés en el mundo constituyen el ejemplo equivalente al del
software de Microsoft citado anteriormente (recuérdese que hasta hace
unos pocos años, la lengua extranjera más estudiada en España era el
francés, situación que ha cambiado en poco tiempo a favor del inglés).
Por
lo tanto, desde una perspectiva económica, puede concluirse que las
diferentes lenguas del mundo tienen desiguales posibilidades de
crecimiento, supervivencia, extinción, etc.. La situación descrita
favorece la aparición de oportunidades de expansión de las lenguas
mayoritarias y, al mismo tiempo, de nuevas amenazas para la
supervivencia de las lenguas minoritarias. Reflejo de ello es la
diferente orientación del debate de la política lingüística en relación
con el castellano y el catalán: en el primer caso, el debate se centra
en las medidas de promoción del castellano en el mundo, mientras que en
el segundo caso preocupa la búsqueda de los instrumentos que permitan
reducir el riesgo de extinción de la lengua catalana.
Llegados a
este punto, puede abordarse la segunda de las cuestiones planteadas al
inicio del presente artículo: es decir, en qué medida las acciones a
desarrollar en favor de las lenguas minoritarias requieren de una
intervención pública. La respuesta a esta pregunta también encuentra
algunas reflexiones de interés en la economía.
Por un lado, hay
que señalar que los efectos negativos que generan las economías de red
sobre las lenguas minoritarias difícilmente pueden corregirse en
condiciones de libre mercado. Las dificultades de "internalizar" los
efectos de red en el mercado son, pues, una justificación de la
intervención de los poderes públicos a favor de las lenguas
minoritarias.
Por otro lado, también hay que considerar que el
valor de las lenguas en el mercado se determina fundamentalmente en
función de su naturaleza instrumental, es decir, según su utilidad como
herramientas de comunicación. Sin embargo, todas las lenguas incorporan
otros valores de naturaleza sobretodo simbólica (como los valores de
legado, de identidad colectiva, etc.), que no quedan reflejados (o lo
están de forma defectuosa) en la valoración que el mercado hace de
ellas. Se trata, pues, de una situación de "fallo" del mercado que para
ser corregida requiere, asimismo, de una intervención de los poderes
públicos.
Sin embargo, además de los argumentos que se acaban de
indicar, hay que tener en cuenta que cualquier intervención pública
debe legitimarse políticamente. Así, una acción gubernamental a favor
de una lengua precisa de un marco institucional que permita a una
comunidad lingüística -a través de sus legítimos representantes -,
decidir sobre la orientación de las políticas a promover respecto de la
lengua propia.
Para una lengua minoritaria como el catalán, la
aprobación de la Constitución Española de 1978 y del Estatuto de
Autonomía de Cataluña, supuso un profundo cambio en este sentido.
Después de largos años de prohibición, se configuró un marco
institucional que ha posibilitado la puesta en práctica de medidas de
protección y fomento de la lengua propia de Cataluña (marco político
que no existe para muchas otras comunidades lingüísticas minoritarias
sin estado -o sin poder político-, que ven seriamente amenazada su
supervivencia en el futuro).
No obstante, se constata que las
políticas en el ámbito de la lengua tienen distintos efectos según la
realidad lingüística de cada territorio. En las sociedades monolingües,
una política proteccionista puede incidir negativamente en las
relaciones con agentes del exterior, pero sus efectos son generalmente
bien aceptados en el interior por parte de sus ciudadanos. Por ejemplo,
la ley de 1994 relativa al uso de la lengua francesa dispone que el
francés es el idioma de enseñanza, de trabajo, de los intercambios y de
los servicios públicos; o la misma Constitución Española establece el
deber de conocer y el derecho de usar el castellano por parte de todos
los españoles. Este tipo de disposiciones legales no plantean ningún
tipo de conflicto en las áreas monolingües de ambos estados.
En
cambio, en los territorios bilingües, los efectos de una política
lingüística a favor de "una" de las lenguas tiene generalmente efectos
directos sobre el uso de la "otra" en el interior de la misma sociedad
(ya sea por parte de los residentes en el propio territorio, como por
parte de aquellas personas que eventualmente se encuentran en él
-estudiantes, trabajadores y directivos de empresas, etc.-). La
intensidad de estos efectos está directamente relacionada con el grado
de proteccionismo y fomento de la lengua minoritaria: por un lado, a
mayor grado de intervención a favor de ésta, mayores serán los efectos
sobre el uso de la "otra" lengua, y viceversa. Sin embargo, también hay
que tener en cuenta que, cuanto menor sea el grado de proteccionismo y
fomento de la lengua minoritaria, menor será su impacto social y, por
lo tanto, más difícilmente se corregirán los "fallos" del mercado
señalados anteriormente.
En consecuencia, todo parece indicar
que el problema central de la cuestión no reside tanto en la
justificación de una intervención pública en el campo lingüístico, sino
en su aplicación en las sociedades bilingües.
La complejidad del
diseño de una política lingüística en un escenario de cohabitación
lingüística se manifiesta claramente en el caso de Cataluña.
Ciertamente, la aprobación de la Constitución y del Estatuto era una
condición "necesaria" para el desarrollo del catalán, pero no una
condición "suficiente". Desde una perspectiva sociológica, la situación
en esta comunidad se caracteriza todavía hoy por un desigual grado de
conocimiento y uso de ambas lenguas: todos los ciudadanos que tienen el
catalán como lengua materna "conocen" y "utilizan" el castellano y, en
cambio, hay una parte de la población que solamente "sabe" el
castellano. En otras palabras, el catalán no se encuentra en
condiciones de igualdad ("normalidad"). Además, hay una superior
presencia del castellano respecto al catalán en muchos ámbitos: en los
medios de comunicación, en muchas de las actividades de la esfera del
negocio privado, en determinados ámbitos de la administración, etc.
Ante
esta situación, la vía más razonable de solución parece ser aquella que
se basa en el máximo consenso colectivo para no romper la convivencia
en la sociedad, y en la capacidad de innovación para la búsqueda de las
soluciones "mejores" (o, al menos, las "menos malas") para conseguir la
compatibilidad entre ambas lenguas. Es necesario preservar y dinamizar
el catalán, pero también hay que tener en cuenta que actualmente el
castellano es una lengua usada por una parte importante de los
habitantes de Cataluña, y que integra al conjunto de sus ciudadanos a
una de las comunidades lingüísticas de mayor dimensión en el mundo, y
con unas grandes expectativas de expansión en el futuro. Este hecho
puede contribuir al desarrollo de las industrias culturales del país
(y, por extensión, también de éstas en lengua catalana), facilita la
conexión de la sociedad y la economía catalanas con la "red"
internacional, etc.
Sobre esta base, un debate centrado
específicamente en las medidas a aplicar en cada uno de los distintos
usos de una lengua (relaciones privadas, sistema de enseñanza, medios
de comunicación, etc.), puede contribuir a abrir el camino para el
desarrollo compatible de ambas lenguas. Por ejemplo, con la reducción
de los costes de pasar de una lengua a otra (mediante el aprendizaje de
las dos lenguas, el desarrollo de la ingeniería lingüística, etc.), con
el arbitrio de soluciones concretas para situaciones de carácter
específico (como la presencia de alumnos que sólo asisten eventualmente
a los centros de enseñanza de Cataluña), etc.
Por el contrario,
planteamientos extremos como aquellos que cuestionan la existencia de
la lengua castellana en Cataluña, o los que niegan de forma global una
discriminación positiva de la acción pública en favor del catalán,
difícilmente proporcionarán soluciones a los problemas existentes y, al
mismo tiempo, serán muy probablemente generadores de conflictos
sociales.
Sin duda, la vía de solución basada en el máximo
consenso colectivo y en la capacidad de innovación ha sido la opción
apoyada mayoritariamente por parte de la sociedad catalana hasta el
momento. En la medida que esta opción mayoritaria de los ciudadanos de
Cataluña sea compartida por parte del resto de los ciudadanos de
España, serán mejores las condiciones de convivencia y de solución del
problema. Por un lado, desde el reconocimiento que el catalán forma
parte del patrimonio cultural de la humanidad -no sólo de los
catalanes-, y que la política lingüística a favor de esta lengua no se
justifica por razón de un victimismo heredado del pasado, sino por la
necesidad de fomentar la existencia de las condiciones necesarias y
suficientes para la supervivencia de esta lengua en el futuro. Por otro
lado, desde el reconocimiento que el castellano es un activo cultural
de los catalanes -como lo es del conjunto de la humanidad- que tiene un
papel decisivo para el desarrollo y proyección exterior de la sociedad
catalana en su conjunto.
Si no se quiebra el espíritu de
convivencia y de innovación, podrá avanzarse en el diseño de soluciones
que, si resultan eficaces, podrán ser un referente de gran interés para
la resolución de algunos de los importantes retos que se plantean en
una sociedad con una dimensión multicultural cada vez más acentuada y
compleja.
Ezequiel Baró - BCF Consultors y Profesor de la
Universitat de BarcelonaXavier Cubeles - BCF Consultors y Profesor de la
Universitat Pompeu Fabra